domingo, 5 de octubre de 2014

12:11 a.m.
5 de octubre de 2014

El Diario de la Tarde; Quadratín Guerrero: La Jornada



La espantosa imagen de un muchacho sin cara ha circulado profusamente en las redes sociales. Hoy, los normalistas de Iguala marchan de nuevo y cargan con ellos una manta con la fotografía de Julio César Mondragón alias El Chilango, con una mujer y un recién nacido. Era un muchacho blanco de rostro amable. Ya era padre y tenía apenas un mes de haber ingresado a la Escuela Normal de Ayotzinapa.

De él, ya saben donde terminó; pero no conocen la suerte de los 43 alumnos que siguen desaparecidos.

La madrugada del sábado 27 de septiembre, aterrado, Julio César Mondragón no hizo caso de los gritos de sus compañeros que pedían permanecer juntos. Echó a correr luego de que un grupo de sicarios disparó contra estudiantes y maestros de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación en Guerrero (CETEG) que ofrecían una conferencia de prensa tras el ataque de los policías municipales. “Se lo tragó la noche de Iguala”. Su cuerpo fue encontrado al día siguiente, espantosamente mutilado.

Sus padres, y los de Daniel Solís Gallardo, oriundo de Zihuatanejo, no quisieron homenaje en la Normal. El cuerpo “de lo que quedaba de él“, de Julio César Mondragón, el muchacho sin rostro de las redes sociales, fue trasladado al Distrito Federal. Lo identificó por la ropa y porque estaba rapado, como todos los alumnos de primer grado, el grueso de la tropa estudiantil que fue a Iguala a botear.

Los representantes de Ayotzinapa no hallan las palabras para describir en qué estado hallaron a su compañero: ¿Qué clase de Policía, qué clase de persona puede hacer algo así?, dice uno de los dirigentes de la Normal.


El reconocimiento

Marissa estaba desesperada. Aún tenía fe en que el cuerpo que estaba a punto de ver no fuera el de su esposo, Julio César Mondragón. Antes de pasar al anfiteatro del Servicio Médico Forense de Chilpancingo la detuvieron: ¿está segura que quiere pasar?

Los forenses repetían la pregunta porque lo que le había pasado a Julio César era terrible. "¿Está segura que quiere verlo?", "tiene que ser muy fuerte", insistían.

"Pues... pasé", dice Marissa Mendoza. La esposa del normalista apenas podía contener el dolor que le rompía la voz. "Jamás nos dijeron que Julio César había sido encontrado así, en ese estado....fue desollado".
La única explicación que ella encuentra es la tortura.

Era sábado en la mañana cuando Marissa, de 24 años, escuchó el nombre de su esposo en los noticieros. Julio César Mondragón era uno de los estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa muerto en una balacera en Iguala. Marissa estaba en la ciudad de México.

No había hablado con su esposo en varios días porque había perdido su teléfono celular. Intentó hablar con sus compañeros normalistas, pero nadie le decía nada, así que el domingo viajó a la Normal de Ayotzinapa.

Aunque sólo gozó a su hija dos meses, Julio César siempre fue un padre cariñoso. "Cuando estaba embarazada, le daba muchos besitos a mi vientre, me abrazaba. Deseábamos tanto que ya naciera para que estuviéramos con ella", cuenta Marissa.

Al llegar a la Normal de Ayotzinapa, los estudiantes que viajaban en el camión con su esposo le contaron lo que había pasado durante la balacera."Me dijeron que fueron a una actividad y que ya venían de regreso cuando los interceptaron unas patrullas. Y que los chavos se bajaron amablemente diciéndoles que por favor les permitieran el paso, entonces los policías comenzaron a dispararles. Sin ninguna razón".

Los mismos compañeros de Julio César le recomendaron a Marissa que fuera al Semefo a reconocer el cuerpo de su esposo.

Según los forenses, sus ojos y la piel de su rostro le fueron arrancados vivo.

"Sentí mucha tristeza de que ya no volvería a ver a Julio César y se me vinieron muchas imágenes, así como si yo hubiera estado con él en el momento en que le hicieron eso, de que le quitaron la cara completa, vivo, torturándolo de la manera más cruel, porque ni siquiera tenía impacto de bala, solamente tenía muchos golpes, en la parte del pecho, la cintura, la manos", dijo.

Marissa no sabe quién mató a su esposo ni por qué ni cuándo dejará de quemarle el pecho el dolor de haberlo perdido. Ahora sólo le queda su pequeña hija de dos meses, Melissa, que tiene la cara de Julio César. Ella es "él único recuerdo que tengo de él".


Está más muerto que vivo

De los estudiantes heridos, Aldo Gutiérrez Solano es quien se encuentra en peores condiciones. Está más muerto que vivo…

Édgar Andrés Vázquez lucha por recuperarse de un disparo que recibió en la cara. Otro compañero ya fue dado de alta, pero perdió varios dedos de una mano.

Las madres de varios de los muchachos hacen fila frente a las libretas de los reporteros para decir los nombres de sus desaparecidos.

Apunte al mío, licenciado. Se llama César Manuel González Hernández, de Huamantla, Tlaxcala.

Israel Jacinto, de Atoyac, nunca había estado en Iguala. Tiene 19 años y estaba hablando con su hermanito por teléfono. Le decía que la policía les estaba echando gases, que ya no podía hablar. Después ya no supimos nada de él, dice su madrina, a punto de las lágrimas. Tiene dos tíos maestros; aquí andan, los dos estudiaron en Ayotzinapa. ¿Quiere hablar con ellos?

Anote ahí a Luis Ángel Abarca, 17 años, de San Antonio Cuautepec.

Emiliano Gaspar de la Cruz, 22. Mauricio Ortega Valerio.

Una caravana de familiares llevó sus nombres, sus fotografías y su dolor a Iguala. Recorrieron las calles de la cuna de la Bandera. No hallaron a sus hijos: encontraron miedo.

Nadie quería hablar con ellos. La gente vive aterrada. Cuando se acercaban preguntando casa por casa, cerraban las tiendas, bajaban las cortinas, cuenta un miembro de la asociación de ex alumnos de la emblemática Escuela Normal. “Ya ni los busquen”, les dijo el dueño de una vulcanizadora.

La guardia frente al Palacio de Gobierno termina. Los familiares de los desaparecidos suben apresuradamente a los autobuses. Van al entierro de Julio César Ramírez Nava, otro de los normalistas caídos, a su natal Tixtla, municipio que aporta entre 40 y 50 por ciento de los estudiantes de la Normal, lugar donde han florecido, se han dividido y sobreviven las Policías Comunitarias.

El cortejo fúnebre es encabezado por la banda de guerra Halcones Dorados, de Ayotzinapa. Centenares de personas acompañan el féretro.

Al llegar al cementerio, los rapados de primer grado ocupan las primeras filas frente a la fosa. Son los sobrevivientes de Iguala.

¡Julio César Ramírez Nava!, grita un profesor de la Normal. ¡Presente!, responden los rapados y el resto de sus compañeros. La familia ha pedido al profesor decir unas palabras. Es muy breve. Pide justicia, nada más. No dejemos que la muerte de este joven sea en vano.

El abuelo de Julio César moja una flor en una bandeja de agua bendita y la va rociando en la fosa.

Corrimos, brincamos una barda y nos metimos en una casa, pero el señor que era el dueño nos pidió salir después de unas horas. Éramos como 20. No quisimos salir. Lo hicimos hasta que el comité nos avisó que irían por nosotros. Fueron los soldados y nos llevaron a declarar, cuenta uno de los sobrevivientes.

El sepelio transcurre lentamente. La familia deposita bolsas con las pertenencias del joven asesinado. Los Halcones Dorados tocan trompetas fúnebres.

Los familiares de José Ángel Campos Cantor y Julio César López Patolzin, ambos nacidos en el Barrio Fortín, cuna de la Policía Comunitaria, acuden al sepelio, temerosos de que sus propios hijos ya estén muertos.

A esa misma hora, el gobernador Ángel Aguirre Rivero anunciaba que se ha girado orden de presentación contra el Presidente Municipal de Iguala, José Luis Abarca, y el ex secretario de Seguridad Pública Felipe Flores.

Hoy, 20 cuerpos han sido encontrados en fosas en un paraje a la orilla de Iguala. Temen se trate de sus familiares.

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